La pregunta en el aula de matemáticas

¿Lo habéis notado? Algo está cambiando. En los alumnos, en la manera como aprenden, como se relacionan con el conocimiento. En el papel del profesor ante esta transformación. Y entre el vértigo y la ilusión de formar parte del cambio, la realidad asoma: esto ha pasado siempre, porque la sociedad ha cambiado siempre más deprisa que la escuela. Pero esta vez algo es distinto. Si no actuamos rápido, se abrirá una brecha tan grande entre el mundo de los alumnos y la escuela, que será ya irreparable. Ya empieza a pasar: para muchos alumnos, la escuela es ese lugar donde pasan seis horas al día, donde hacen un paréntesis de su vida real: la vida en remoto; la de las redes sociales; la de la formación por YouTube. Y donde aprenden cosas desconectadas con su realidad.

Pero a ver. Exactamente, ¿de dónde viene todo esto? En primer lugar, acumular información ya no sirve. Y eso tampoco es nuevo. Cuando se inventó la fotografía, el arte pictórico tuvo qué preguntarse: y yo, ahora, ¿para qué sirvo? Pues con Internet, que es la sobreexposición a la información (y desinformación), la escuela tiene que hacerse la misma pregunta: y yo, ¿para qué sirvo?

O cuando se inventó la calculadora. Creéis que los matemáticos se preguntaron: y yo, ¿para qué sirvo? ¡Pues claro que no! Porque ellos ya sabían que hacer matemáticas es mucho más que resolver operaciones.

Entonces: si la escuela ya no va de dar datos y acumularlos, porque los datos ya están en la red, y las mates no van de resolver operaciones, porque eso ya lo hace una calculadora; y el arte ya no va solo de retratar a la perfección la realidad, porque eso ya lo hace una máquina de fotos… ¿De qué va, entonces?

¡Pues resulta que la respuesta está paradójicamente en la pregunta! Porque de lo que va la escuela, de lo que va la clase de mates, de lo que va el arte… ¡Es de hacerse preguntas!

¿De qué sirve internet si no sé bien qué preguntar? ¿Si no sé hacer la buena pregunta que me ayude a deshacerme lo antes posible de toda la desinformación y me acerque al máximo al tipo de información que quiero saber?

¿De qué me sirve la calculadora si no sé con qué datos estoy trabajando o qué pregunta tengo que hacerle para que me dé la buena respuesta? Y el arte: si quiero representar fielmente la realidad objetiva, haré una fotografía. ¿Pero y si quiero una obra que responda a otra pregunta? Por ejemplo: ¿Cómo me siento? ¿Cómo puedo ver la realidad de otra manera? Gracias al cambio de pregunta aparecen movimientos como el impresionismo, el expresionismo o el cubismo.

Eso es básicamente lo que hace el profesor en Innovamat. Hacer buenas preguntas y motivar el interés del alumno por seguir preguntando.

En clase, primero, planteamos un reto. Los alumnos plantean las primeras hipótesis. Después manipulan. “La mano es el órgano ejecutivo de la inteligencia”, decía María Montessori. Manipulamos en Infantil, en Primaria y en Secundaria, porque cognitivamente es importantísimo tener el cuerpo y el cerebro conectados. A continuación, los alumnos conversan, se explican. Refutan, corroboran, contrastan. Tomamos en cuenta distintas estrategias, caminos diversos para llegar a un mismo lugar. Entonces, dejan registro de lo que ha sucedido, como una manera de cristalizar y de resaltar el valor de la conclusión, de lo que ya está comprobado. Y este momento es importantísimo. Por eso los cuadernos siguen siendo cruciales. Porque el acto de escribir, de dejar registro es una parte central del aprendizaje. Y después, solo después, cuando ya se ha conjeturado, manipulado, conversado y registrado, entonces el alumno practica.

(Si quieres leer más sobre la importancia de la práctica en matemáticas, puedes leer este artículo).

Pero nada de todo esto servirá si no existe primero una pregunta. Ya lo sabemos: si el conocimiento da respuestas a preguntas que el alumno no se ha hecho todavía, no se produce el aprendizaje. Y el rol del profesor es precisamente ese: ayudar al alumno a generarse las preguntas necesarias para crecer, y guiarlo en el descubrimiento de las respuestas.

Sobre la autora

Verónica Sánchez Orpella

Es profesora y escritora. Ha dado clases de Literatura en institutos de Barcelona y Nueva York y ganó el premio Carlemany con la novela «Coses que no podrem evitar» (Columna, 2015).